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El noroccidente de la Sierra Nevada de Santa Marta, al norte
de Colombia, fue habitado desde el año 200 d.C. hasta
la Conquista por agricultores y artesanos de la piedra y el
metal que aprovecharon los recursos disponibles desde el mar
hasta las nieves perpetuas. Inicialmente asentados en el litoral,
se expandieron luego hacia las zonas altas donde construyeron
ciudades de piedra. Su historia prehispánica comprende
los períodos Nahuange y Tairona. Actualmente habitan
allí los koguis, wiwas, ikas y kankuamos.


Las primeras comunidades de orfebres, agricultores y pescadores
que habitaron las costas de las vertientes norte y occidental
de la Sierra Nevada de Santa Marta explotaban diversos recursos
del mar, la playa, las ciénagas, ríos y montes
aledaños, además de cultivar maíz y otros
productos. Desde 200 d.C. fueron expertos orfebres y hábiles
artesanos de la talla de conchas y piedras semipreciosas.
En recipientes cerámicos y en colgantes o pectorales
de concha, piedra o metal, representaron de forma realista
mujeres, aves y felinos. Las ranas y los lagartos repujados
en láminas de metal muestran cierta esquematización.
La escena de señores principales o héroes míticos
llevados en andas por personajes auxiliares fue plasmada en
diversos pectorales. Personajes adornados con pectorales de
aves y penachos se relacionan con el sol y con serpientes
de dos cabezas que los sostienen.
En la orfebrería Nahuange sobresalen las piezas martilladas
en aleación de cobre y oro, denominada tumbaga. Tienen
superficies muy pulidas, muchas de llamativas tonalidades
rojizas. Puntos, círculos, triángulos, animales
esquemáticos y serpientes de dos cabezas se combinan
en motivos decorativos que adornan narigueras y pectorales
emblemáticos.
En excavaciones arqueológicas realizadas por Alden
Mason en 1922 en la bahía de Nahuange se halló
una sepultura construida con lajas de piedra que fue importante
para definir el estilo de orfebrería Nahuange. La tumba
incluía objetos similares a los expuestos en la reconstrucción
museográfica realizada en el Museo del Oro, y que hoy
se preservan en el museo Field de Chicago. Uno de los colgantes
metálicos de la tumba, una figura femenina, contenía
carbón que fue fechado en 310 d.C. Gracias a que un
profesional registró cuidadosamente esta asociación
de objetos de orfebrería, cerámica, piedra y
concha, los arqueólogos pudieron identificar el tipo
de adornos y utensilios usados durante el período al
que denominaron con el nombre de la bahía.
Hacia el año 900 d.C. la forma de vida del período
Nahuange cambia y se da inicio a lo que se denomina período
Tairona.

En los afilados contrafuertes y los valles profundos cubiertos
de bosque de la esquina noroccidental de la Sierra Nevada,
la gente del período Tairona levantó ciudades
sobre cimientos de piedra, caminos enlozados y drenajes. En
terrazas de cultivo escalonadas cultivaron maíz, yuca
y aguacate. Una orfebrería recargada en adornos distinguía
a los caciques, dotados de poder político y religioso.
Colgantes y pectorales en forma de aves con alas desplegadas
demuestran la continuidad de algunas ideas del pensamiento
simbólico de estas sociedades desde el período
Nahuange hasta la Conquista.
Los taironas resistieron la Conquista con guerras que duraron
más de 75 años. Varios cronistas españoles
los conocieron y escribieron maravillados relatos y descripciones.
Fray Pedro de Aguado relató en 1573:
Traen sus personas muy adornadas con piezas y joyas
de oro. Los varones traen orejeras y caricuríes puestos
en las narices y grandes chagualas en los pechos. Al cuello
muchos géneros de cuentas
Las mujeres casi traen
las propias joyas que los varones.
En 1514 el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo escribía
asimismo que los indígenas de Santa Marta
tenían
joyas de oro, penachos de pluma y mantas con muchas pinturas
entretejidas, y en ellas muchas piedras cornalinas,
esmeraldas y casidonias y jaspes y otras.
Durante el período Tairona los destinos de la comunidad
eran regidos por una poderosa élite de chamanes que
decían tener control sobre las fuerzas esenciales de
la naturaleza, el ordenamiento del cosmos y las acciones humanas.
Eran los encargados de velar por el bienestar material y espiritual
de la comunidad. En múltiples objetos se los ve representados
en el trance de la transformación, como en la emblemática
figura del hombre-murciélago, señor de la noche
y el inframundo.
La figura del hombre transformado en murciélago puede
verse en pectorales, colgantes y campanas metálicas,
en remates de bastón tallados en hueso y en objetos
de cerámica. Pero también se encuentran en las
tumbas de los personajes importantes del período Tairona
los atuendos que les servían para simbolizar esta transformación.
Los adornos de sus viseras metálicas aludían
a las membranas internas o tragus de la oreja del animal;
las narigueras cilíndricas levantaban la nariz como
la hoja nasal de algunas especies y los adornos sublabiales
imitaban las carnosidades de su labio inferior.
Durante el ritual se recreaba la historia mítica de
la sociedad. En un ambiente especial, y gracias a las sustancias
enteógenas, los participantes se transformaban en los
ancestros míticos para mediar por el equilibrio del
universo. En ceremonias de ofrenda o pagamento fueron depositadas
piedras talladas y otros objetos dentro de templos, viviendas,
caminos, cultivos o lagunas, con propósitos de fertilidad
y curación de enfermedades o para obtener protección
para la familia y la comunidad.
Los grupos tardíos de la Sierra Nevada, de lengua chibcha,
tenían conceptos y creencias comunes con otras sociedades
de la misma familia lingüística. Con los habitantes
de la Cordillera Oriental compartieron el símbolo e
ideología del ave con alas desplegadas y el sentido
de las ofrendas.
Tairona en la exposición
del Museo del Oro
Territorio y subsistencia
Un paraíso hallado y perdido
Una poderosa élite de chamanes |