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Diversos
grupos exhumaron los huesos de sus muertos y los depositaron
en urnas de cerámica. En muchas de estas sociedades
esta práctica tenía que ver con la idea de un
renacimiento o reencarnación después de la muerte.
Las urnas eran recipientes donde se colocaban los huesos
de un difunto, o en ocasiones de varios, después de
haber sido exhumados de un primer entierro donde permanecían
uno o dos años. Los huesos, las partes duras del cuerpo,
simbolizaban el espíritu, lo permanente, y en estas
ollas consideradas úteros renacían en el mundo
subterráneo. En diferentes culturas los huesos se asimilaban
a la idea de semilla, de donde germinaba otra vez el muerto.
Las tumbas, cuevas, túmulo y otros sitios en donde
se depositaban los difuntos eran también casas-úteros
en donde estos renacían en el mundo subterráneo,
el otro lado de nuestro nivel del cosmos.
En efecto, para muchas sociedades el muerto sigue rondando
a sus parientes durante el período del duelo y es con
la segunda ceremonia de enterramiento que él o ella
finalmente se despide, deja de tener preocupaciones por quienes
quedaron aquí, y viaja definitivamente al país
de los muertos.
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