Para muchas de las sociedades amerindias la reproducción de la vida —de la gente, los animales y las plantas—, necesita de la muerte; es indispensable que mueran unos seres para que nazcan otros.

El sacrificio, la cacería, la guerra y el canibalismo son entendidos como los mecanismos de que dispone la sociedad para retornar “almas” a sus dueños y garantizar la regeneración de las especies.

En algunas de estas cosmovisiones, los humanos son un alimento privilegiado de los dioses: esta antropofagia divina es fuente de fertilidad. A menudo estas deidades se asocian con los grandes depredadores como jaguares, aves de rapiña y caimanes.

Aunque el cronista don Juan de Castellanos se refirió a los muiscas diciendo “menos guerreros son que comerciantes”, una proporción de los tunjos de metal que ellos ofrendaron en lugares sagrados representan guerreros: portan armas o cabezas trofeo. Los muiscas también hicieron en miniatura sus armas, que no eran arcos sino estólicas o tiraderas que arrojaban lanzas livianas prolongando la longitud del brazo. Con ellas se realizaba el sacrificio de la gavia, atando en lo alto de postes de sacrificio una víctima propiciatoria que era flechada hasta desangrarse. Esto nos parece violento, pero los muiscas se espantaron con la forma europea de hacer la guerra y declararon que en la guerra de ellos nunca había muertos: era una forma de buscar qué grupo tenía el favor de los dioses.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
         
         
     
 
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Mitos sobre el ordenamiento del cosmos

 
 
 
 
 
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